La Espina – Cuentos del Abuelo Enrique

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January 6, 2014

Hace  muchísimos  años, el rey de un país lejano, al que todos amaban,  por ser muy justo, en una cena muy importante, comiendo pescado, se tragó una ESPINA, la cual se clavó en el fondo de su garganta, impidiéndole  respirar. El rey se ahoga, el rey se muere, corrió rápido la noticia en toda la ciudad. Llamaron urgente a los ministros, a los mejores médicos y nadie se la pudo sacar. Todo el pueblo estaba preocupado y rezaban para que alguien  se la pueda sacar y así salvar al rey  más justo y noble que tenían.

Un hombre muy humilde, con aspecto de mendigo, con su ropa rota y sucia llamó a la puerta del palacio diciendo en voz alta yo puedo salvar a mi rey. la guardia, al abrir  para ver quién era el posible salvador y al ver su desagradable aspecto, lo echaron, y le dijeron: “retírese de aquí o lo haremos arrestar.”

El pobre hombre comenzó a gritar más fuerte, yo puedo salvar al rey, yo puedo salvar al rey,   sus gritos llegaron a oídos del rey, quien dio orden para que lo dejaran entrar, pero señor, como vamos a permitir que ese mendigo todo sucio lo toque. Pero él, que ya se estaba ahogando y casi sin fuerza dijo: “que pase, pero si miente, mátenlo. Claro, igual nadie creía que ese pobre hombre, pueda más que los médicos.

Fué así, que el mendigo, al estar frente al rey, le dijo: “mi señor, abra su boca,“ al mirar su garganta, pidió una pincita y nuevamente le dijo: por favor señor, abra bien grande su boca y así, metió la pinza y con mucho cuidado y muy suavemente, sacó la espina que ahogaba al rey.

Al sentirse totalmente aliviado, el rey le preguntó al pobre hombre: bueno ahora dígame que quiere que le regale, pues usted salvó mi vida, el hombre avergonzado le contesto: nada, nada señor, es mi obligación, usted es mi rey y por usted yo haría cualquier cosa. Al escuchar esa contestación, el rey muy molesto le dijo: ”algo me tiene que pedir, yo soy muy justo y no aceptaré su desprecio,” al escuchar lo que el rey le dijo, humildemente contesto: “deme lo que usted pensó que daría, cuando tenía la espina clavada en su garganta y nadie se la podía sacar.

Al escuchar esa contestación, tan sabia y tan inteligente, el rey ordenó: desde hoy, usted será mi consejero y ocupará las habitaciones de la planta alta y tendrá allí, toda la ropa que necesite.

Al escuchar la designación que hiciera el rey, los ministros muy celosos, empezaron a tramar que hacer, para que el rey  echara al mendigo. Pasaron los días, y ellos cada vez más molestos espiaban todos sus movimientos, y así descubrieron que todas las noches, entraba en una de sus habitaciones, se quedaba unos minutos, y al salir, cerraba la puerta con llave.

Seguros de sus sucios pensamientos, corrieron a decirle al rey que el mendigo está robando algo, lo guarda en una habitación y la cierra con llave. Ese es el mendigo que usted benefició, se animaron a decirle. Llámenlo y vamos inmediatamente a esa habitación ordenó, al llegar el mendigo le preguntó:“mi rey, que necesita de mí ,”éste le ordenó abrir la puerta, para ver que había escondido en ella,  abrió la puerta y pronto notaron que estaba totalmente vacía, solo vieron que sobre una silla, estaba la ropa vieja y sucia que él traía puesta, el día que llegó

Ante esa situación el rey le preguntó:  “que significa todo esto, que hace esa ropa sobre la silla”? Señor, contestó el buen hombre, como  estoy tan agradecido, no quiero equivocarme, por eso guardo esa ropa como un tesoro y todos los días, entro en la habitación, miro la ropa vieja y al verlas puedo acordarme de mi pasado y evitar convertirme en un vanidoso y de esa forma, nunca podré defraudarlo. Al notar las calumnias y la maldad de los ministros, estos fueron destituidos.

El rey, muy satisfecho con la explicación y su lealtad, le ofreció a su hermosa hija en matrimonio convirtiéndolo de ese modo, en el futuro rey.

Moraleja: hay que saber distinguir en las personas, sus virtudes, y no apresurarse a  juzgarlas por su aspecto.  La humildad, casi siempre, eleva  la imagen de los  seres  humanos, quienes nunca  deberían olvidarse, de su verdadero origen. La maldad no está en lo que se ve,  está en lo que se piensa.

  Adaptación: Enrique Levy


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